El desarraigo de vez en cuando congela el alma. El ser humano busca desconcertado los sonidos y las imágenes de sus paisajes perdidos y el calor de los recuerdos de sus seres más añorados. El banco de un parque en una pequeña ciudad noruega se convierte entonces en una cápsula espacial a la deriva, en la que no importa el mundo ni sus sinsabores.
La música tiene el sagrado oficio de calmar el alma, de mecer el corazón al ritmo más acompasado a lo que nos ocurre en cada momento: cuando estamos exaltados, concilia el vértigo con la alegría; cuando los sentimientos vuelan bajos nos regala un aterrizaje balsámico. Así los cables de unos auriculares por los que fluye la música de su lejano país se convierten en el cordón umbilical que le conecta con el acogedor útero materno. Han desaparecido los miedos, las penurias, el frio, las sonrisas denegadas y la nostalgia.
Él ya no está allí. Según las leyes de la física su cuerpo permanece sentado e inerte, pero no se podría decir que inánime porque tenemos constancia de que su alma es emigrante de ida y vuelta.
Se convierte en una estatua más de un parque a la que las palomas y las gaviotas le practican su interrogatorio habitual. ¿sabrán los otros pájaros cómo vuela el alma sin tener alas?
JIHT
