LA CAFETERA

Fotos con texto

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Yo no tengo perro. Creo que no sabría estar a su altura en nobleza, lealtad y presteza. Y claro, tampoco tengo quien me azuce, me desperece, me saque de la cama, me despegue del sofá y me saque a la calle antes o después de labrarme el día.

Para mí no es fácil pasar del plácido reposo -en el que mi mente se encuentra como un motor en punto muerto, activo pero quieto-  a la exigencia mecánica para la actividad del movimiento. Ese es mi cotidiano primer reto: como convertir la energía mental en energía mecánica. Si yo fuera un coche, alguien en el taller me montaría una caja de cambios y buen sistema de transmisión y santas pascuas; pero, evidentemente, no lo soy y, no siendo coche ni teniendo perro, debo buscar la solución a mi problema de otra forma.

Dicen que la función hace el órgano y que las necesidades encuentran las soluciones. Algo así debió producirse hace muchos años cuando compré mi primera cafetera italiana. Sigue en mi cocina, sobre la placa vitrocerámica, dispuesta como una máquina de tren en una estación de ferrocarril esperando viajeros. Yo soy el primero de ellos que por la mañana llega cargado con su pesado equipaje de pereza, nostalgia por el sueño perdido y alguna pesadilla arrastrada como una cadena herrumbrosa.

Me acerco a la bolsa de café como quien va a la taquilla a adquirir el billete para iniciar el viaje diario. El ritual de su preparación constituye el primer trabajo aceptado de la mañana. La cafetera comienza a hacer burbujeos que finalizan con sus particulares gárgaras y el brusco chorro de oloroso vapor saliendo por su boca. La vista el oído y el olfato se despiertan con la ilusión del viaje recién comenzado. Los ojos son reclamados para asomarse por la ventana a escrutar el paisaje y los labios buscan a las personas queridas para regalarles una sonrisa y unas palabras tan cálidas como ese café recién hecho.

JIHT