LA QUIETUD DEL ESTANQUE

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Bergen (Noruega)

Bergen (Noruega), agosto 2015

La quietud del estanque

Cerró los ojos y pidió un deseo <<quiero quedarme aquí, así, ahora, sentir los rayos del sol, oír el eterno ciclo del agua de la fuente, intuir la cómplice presencia de ese desconocido dálmata que hoy no se separa de mi lado y flotar en el calmo mar del pensamiento que felizmente ha encontrado la quietud del estanque>>.

Por favor— se dijo a sí mismo— no te muevas, no respires, que tus ojos cerrados eviten cualquier aleteo de pestañas que desate un efecto mariposa subvirtiendo este precario orden de las cosas. Y si es posible, que alguien capte este momento en una fotografía.

 Así, cuando el gato negro de la noche fría haga inútil el fuego de la chimenea, mi alma podrá calentarse contemplándola.

JIHT

LA CAFETERA

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Yo no tengo perro. Creo que no sabría estar a su altura en nobleza, lealtad y presteza. Y claro, tampoco tengo quien me azuce, me desperece, me saque de la cama, me despegue del sofá y me saque a la calle antes o después de labrarme el día.

Para mí no es fácil pasar del plácido reposo -en el que mi mente se encuentra como un motor en punto muerto, activo pero quieto-  a la exigencia mecánica para la actividad del movimiento. Ese es mi cotidiano primer reto: como convertir la energía mental en energía mecánica. Si yo fuera un coche, alguien en el taller me montaría una caja de cambios y buen sistema de transmisión y santas pascuas; pero, evidentemente, no lo soy y, no siendo coche ni teniendo perro, debo buscar la solución a mi problema de otra forma.

Dicen que la función hace el órgano y que las necesidades encuentran las soluciones. Algo así debió producirse hace muchos años cuando compré mi primera cafetera italiana. Sigue en mi cocina, sobre la placa vitrocerámica, dispuesta como una máquina de tren en una estación de ferrocarril esperando viajeros. Yo soy el primero de ellos que por la mañana llega cargado con su pesado equipaje de pereza, nostalgia por el sueño perdido y alguna pesadilla arrastrada como una cadena herrumbrosa.

Me acerco a la bolsa de café como quien va a la taquilla a adquirir el billete para iniciar el viaje diario. El ritual de su preparación constituye el primer trabajo aceptado de la mañana. La cafetera comienza a hacer burbujeos que finalizan con sus particulares gárgaras y el brusco chorro de oloroso vapor saliendo por su boca. La vista el oído y el olfato se despiertan con la ilusión del viaje recién comenzado. Los ojos son reclamados para asomarse por la ventana a escrutar el paisaje y los labios buscan a las personas queridas para regalarles una sonrisa y unas palabras tan cálidas como ese café recién hecho.

JIHT

 

¿SABRÁN LOS PÁJAROS QUE EL ALMA VUELA SIN TENER ALAS?

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El desarraigo de vez en cuando congela el alma. El ser humano busca desconcertado los sonidos y las imágenes de sus paisajes perdidos y el calor de los recuerdos de sus seres más añorados. El banco de un parque en una pequeña ciudad noruega se convierte entonces en una cápsula espacial a la deriva, en la que no importa el mundo ni sus sinsabores.

La música tiene el sagrado oficio de calmar el alma, de mecer el corazón al ritmo más acompasado a lo que nos ocurre en cada momento: cuando estamos exaltados, concilia el vértigo con la alegría; cuando los sentimientos vuelan bajos nos regala un aterrizaje balsámico. Así los cables de unos auriculares por los que fluye la música de su lejano país se convierten en el cordón umbilical que le conecta con el acogedor útero materno. Han desaparecido los miedos, las penurias, el frio, las sonrisas denegadas y la nostalgia.

Él ya no está allí. Según las leyes de la física su cuerpo permanece sentado e inerte, pero no se podría decir que inánime porque tenemos constancia de que su alma es emigrante de ida y vuelta.

Se convierte en una estatua más de un parque a la que las palomas y las gaviotas le practican su interrogatorio habitual. ¿sabrán los otros pájaros cómo vuela el alma sin tener alas?

JIHT